El primer aeropuerto privado de España no podía estar en otro sitio que en Ciudad Real, nueva capital del caciquismo ibérico.
El veintisiete de octubre nos enterábamos de que dicha instalación no había superado la Declaración de Impacto Ambiental (DIA) del Ministerio de Fomento, por lo cual se le habían negado las autorizaciones necesarias para operar.
Por su parte, el empresario León Triviño, uno de los máximos responsables del aeropuerto, criticó que algunas organizaciones ecologistas "no entiendan el trabajo y el esfuerzo que los promotores han hecho para cumplir con rigor los requisitos de la Declaración de Impacto Ambiental de 2006". Lo que yo, humildemente, no entiendo, es como una entidad como Ciudad Real Aeropuertos no ha podido cumplir con ese rigor del que hablan, aun habiendo tenido dos años para hacerlo. ¿O más bien será que no quisieron? Siempre es más barato destruir la naturaleza que respetarla.
Pero no pasa nada, estamos en La Mancha manchega. El gran José María Barreda, sucesor del poderoso Bono (que su nombre sea alabado), se felicitó a sí mismo y a todos nosotros, apenas veinte días después, porque "todo lo que hasta ahora había dificultado el inicio de las operaciones del aeropuerto Central Ciudad Real ha sido superado y subsanado".
Cuando menos curioso que una DIA que no fue cumplida en un plazo de dos años haya sido subsanada en sólo veinte días. Pero así es. Por obra y gracia de los trapicheos entre Juntas de Comunidades, Diputaciones, Empresas, Bancos y Ministerios varios, el aeropuerto contó rápidamente con todos los permisos oficiales. El presidente Barreda lo definía, al más puro estilo Tony el Gordo, diciendo que "todo está arreglado". Una expresión muy acorde con su forma de hacer política.
Con toda la gracia del clientelismo mafioso manchego, el dirigente socialista aduló a Juan Antonio León, del que dijo que la región debe estarle agradecida por haber sido capaz de sacar adelante el aeropuerto. ¿De modo que tengo que estarle agradecido a este señor? Señor Barreda, ya se han cargado ustedes media Ciudad Real, no nos pidan encima las gracias. Pero lo más ofensivo no fue esto, sino que el presidente calificó la "aventura" como "quijotesca".
Qué equivocación. Cuánto error. Don Quijote desfacía los entuertos, no los creaba. Metamos encima el arte. Siempre manipulando, siempre esgrimiendo la inmortal obra cervantina como si fuese una especie de trofeo. ¿No se da cuenta, señor Barreda, de porqué Cervantes escogió La Mancha como escenario para su ingenioso hidalgo? Está claro. Porque es en esta tierra donde más entuertos hay por desfacer, más déspotas a los que combatir e injusticias que evitar. Pero sí que lo saben. Lo saben perfectamente.
De esta manera hace hoy nueve días que el aeropuerto de Ciudad Real inició sus actividades.
Así acaba un capítulo más de la tradición corrupta, caciquista y feudal de la política e industria españolas. A nadie ha importado que el aeropuerto no cumpliese los mínimos requisitos ambientales ni respete el sueño y tranquilidad de los vecinos. Que le pregunten, a partir de ahora, a los habitantes de Villar del Pozo, que con el aeropuerto a quinientos metros de sus casas, sinceramente, no creo que puedan dormir.
Tampoco importó conocer la noticia de que el aeropuerto está en venta desde hace un año y medio. ¿Tal vez porque no es rentable? ¿Quizá a los promotores les interesaban mucho los "sobres", "comisiones" y demás "incentivos" y muy poco lo que ocurriese con las instalaciones una vez terminasen de construirlas?
Quizá sí. No olvidemos que, como decía Pablo Castellano sobre Carlos Andrés Pérez, Rodríguez Zapatero es tan socialista, tan socialista, que lo socializa todo para él. O al menos consiente que anden socializando el ecosistema, a golpe de talonario, los señores feudales que asiduamente mojan pan en nuestras cincuenta y dos salsas.
Así fue necesario que el Gobierno central cambiase dos veces la legislación para que empezase a construirse este pelotazo. Igualmente la administración del señor Zapatero no se opuso a la venta del aeropuerto a empresas extranjeras cuando la revista Interviú le preguntó extraoficialmente. Primero se lo cargan todo, a nuestra costa. Después lo venden, y nosotros no vemos un duro. Clásico.
Pero, ¿para qué continuar? Lo cierto es que, una vez los aviones ya están volando, el entorno arruinado sin remedio, el aeropuerto llenando los bolsillos de cuatro gerifaltes y dando empleo a las suficientes personas para que la gente aplauda y se trague el inmenso timo, todos estarán contentos, felizmente engañados, como siempre, y algún día muchos seremos recordados como esos reaccionarios que se opusieron al progreso. Pocos sabremos que en realidad estábamos contra el progreso que hace progresar a los tres de siempre mientras los demás, sin saberlo siquiera, pierden.
Pero nada de eso importa ya. Como dijo el capo Barreda, "todo está arreglado".
El veintisiete de octubre nos enterábamos de que dicha instalación no había superado la Declaración de Impacto Ambiental (DIA) del Ministerio de Fomento, por lo cual se le habían negado las autorizaciones necesarias para operar.
Por su parte, el empresario León Triviño, uno de los máximos responsables del aeropuerto, criticó que algunas organizaciones ecologistas "no entiendan el trabajo y el esfuerzo que los promotores han hecho para cumplir con rigor los requisitos de la Declaración de Impacto Ambiental de 2006". Lo que yo, humildemente, no entiendo, es como una entidad como Ciudad Real Aeropuertos no ha podido cumplir con ese rigor del que hablan, aun habiendo tenido dos años para hacerlo. ¿O más bien será que no quisieron? Siempre es más barato destruir la naturaleza que respetarla.
Pero no pasa nada, estamos en La Mancha manchega. El gran José María Barreda, sucesor del poderoso Bono (que su nombre sea alabado), se felicitó a sí mismo y a todos nosotros, apenas veinte días después, porque "todo lo que hasta ahora había dificultado el inicio de las operaciones del aeropuerto Central Ciudad Real ha sido superado y subsanado".
Cuando menos curioso que una DIA que no fue cumplida en un plazo de dos años haya sido subsanada en sólo veinte días. Pero así es. Por obra y gracia de los trapicheos entre Juntas de Comunidades, Diputaciones, Empresas, Bancos y Ministerios varios, el aeropuerto contó rápidamente con todos los permisos oficiales. El presidente Barreda lo definía, al más puro estilo Tony el Gordo, diciendo que "todo está arreglado". Una expresión muy acorde con su forma de hacer política.
Con toda la gracia del clientelismo mafioso manchego, el dirigente socialista aduló a Juan Antonio León, del que dijo que la región debe estarle agradecida por haber sido capaz de sacar adelante el aeropuerto. ¿De modo que tengo que estarle agradecido a este señor? Señor Barreda, ya se han cargado ustedes media Ciudad Real, no nos pidan encima las gracias. Pero lo más ofensivo no fue esto, sino que el presidente calificó la "aventura" como "quijotesca".
Qué equivocación. Cuánto error. Don Quijote desfacía los entuertos, no los creaba. Metamos encima el arte. Siempre manipulando, siempre esgrimiendo la inmortal obra cervantina como si fuese una especie de trofeo. ¿No se da cuenta, señor Barreda, de porqué Cervantes escogió La Mancha como escenario para su ingenioso hidalgo? Está claro. Porque es en esta tierra donde más entuertos hay por desfacer, más déspotas a los que combatir e injusticias que evitar. Pero sí que lo saben. Lo saben perfectamente.
De esta manera hace hoy nueve días que el aeropuerto de Ciudad Real inició sus actividades.
Así acaba un capítulo más de la tradición corrupta, caciquista y feudal de la política e industria españolas. A nadie ha importado que el aeropuerto no cumpliese los mínimos requisitos ambientales ni respete el sueño y tranquilidad de los vecinos. Que le pregunten, a partir de ahora, a los habitantes de Villar del Pozo, que con el aeropuerto a quinientos metros de sus casas, sinceramente, no creo que puedan dormir.
Tampoco importó conocer la noticia de que el aeropuerto está en venta desde hace un año y medio. ¿Tal vez porque no es rentable? ¿Quizá a los promotores les interesaban mucho los "sobres", "comisiones" y demás "incentivos" y muy poco lo que ocurriese con las instalaciones una vez terminasen de construirlas?
Quizá sí. No olvidemos que, como decía Pablo Castellano sobre Carlos Andrés Pérez, Rodríguez Zapatero es tan socialista, tan socialista, que lo socializa todo para él. O al menos consiente que anden socializando el ecosistema, a golpe de talonario, los señores feudales que asiduamente mojan pan en nuestras cincuenta y dos salsas.
Así fue necesario que el Gobierno central cambiase dos veces la legislación para que empezase a construirse este pelotazo. Igualmente la administración del señor Zapatero no se opuso a la venta del aeropuerto a empresas extranjeras cuando la revista Interviú le preguntó extraoficialmente. Primero se lo cargan todo, a nuestra costa. Después lo venden, y nosotros no vemos un duro. Clásico.
Pero, ¿para qué continuar? Lo cierto es que, una vez los aviones ya están volando, el entorno arruinado sin remedio, el aeropuerto llenando los bolsillos de cuatro gerifaltes y dando empleo a las suficientes personas para que la gente aplauda y se trague el inmenso timo, todos estarán contentos, felizmente engañados, como siempre, y algún día muchos seremos recordados como esos reaccionarios que se opusieron al progreso. Pocos sabremos que en realidad estábamos contra el progreso que hace progresar a los tres de siempre mientras los demás, sin saberlo siquiera, pierden.
Pero nada de eso importa ya. Como dijo el capo Barreda, "todo está arreglado".

