
¿España está idiota o soy yo quien ha perdido la cabeza? Llevamos todo el mes oyendo hablar del atunero vasco
Alakrana,
secuestrado en África por piratas somalíes. Unos corsarios que, en general, llevan un año llenando páginas de periódico en toda la Unión Europea y los EEUU. Los pescadores occidentales que faenan en aguas somalíes trabajan expuestos a la amenaza de ser capturados por estos bandidos, quienes chantajean a los gobiernos del Primer Mundo con fines económicos.
En nuestro país la situación da mucho juego. Para la administración socialista es un quebradero de cabeza, mientras que el PP lo considera motivo de celebración. Rajoy asegura que Zapatero ha hecho el ridículo por "la catástrofe" del Alakrana. Debe estar rezando porque el asunto acabe mal. Eso no debería extrañarnos porque es la tónica habitual de este partido. Pero, ¿qué hay del resto de la sociedad?
La policía española tiene apresado a uno de los bucaneros. Hace poco ha quedado demostrado que es mayor de edad. La cosa les ha costado lo suyo. Han sido numerosas las críticas por la ineptitud de la Justicia, que llegó a dejarlo en libertad por considerar imposible determinar cuántos años tenía.
Pero, ¿alguien se da cuenta de lo que ocurre aquí? ¿Qué es lo que tenemos? Tenemos a un hombre que no sabe ni su propia edad. No la sabe y nosotros tampoco porque ningún papel puede atestiguarlo. Esta persona, a todos los efectos, no existe legalmente en ningún país. Su madre ha hablado con El Mundo para afirmar que tiene dieciséis años. Su padre cree que nació en 1993 pero no podría especificar el mes exacto.
¿Nadie se da cuenta de lo que ocurre? En África, en Somalia, las personas nacen y mueren sin importar el día, ni las condiciones, porque no hay nada. No hay ninguna institución que gestione a las gentes, ni sus defenestrados derechos, ni sus lamentables trabajos. Las personas pueden caer muertas en las calles sin que nadie ni siquiera lo registre; pueden sucederse los asesinatos sin que una autoridad los investigue.
España ha puesto todo su esfuerzo en determinar cuántos años tenía un criminal, sin darse cuenta de que ya estaba desnudo y descubierto el auténtico crimen. Tenemos apresado a un hombre que es un fantasma, que no existe, del que nadie se acuerda salvo en el momento en el que nuestros barcos se ven amenazados.
Francia o Estados Unidos han sido aplaudidos por su violenta actuación contra los piratas somalíes. Pero hay muchas cosas que le darían la vuelta a la tortilla si esta Tierra no fuese un mundo idiota. ¿Alguien se ha parado a pensar que esos barcos son nuestros y esas aguas son suyas? ¿Que estamos llevándonos su pescado a nuestras casas mientras ellos mueren de hambre? A nadie le interesa, lo único importante es que defendamos nuestros malditos atuneros. Exigimos nuestro falso derecho a robar las riquezas de África sin que nadie nos moleste.
Los mismos corsarios han admitido que la piratería no cesará mientras el país continúe sin gobierno. La propia Somalia no existe. Y no es una metáfora. Después de veinte años de una larguísima guerra fratricida, el territorio está dividido y controlado por entidades inestables y anárquicas. Puntland, Somalilandia, Galmudug y otros muchos pseudoestados que hoy han desaparecido como reventarán los actuales. No hay una autoridad central que gestione esta nación, la más pobre de África.
Somalia fue conquistada y sometida a la esclavitud por italianos y británicos. Todo lo que tenía se le robó. Después los europeos se retiraron, dejando tras de sí un verdadero caos. Como ocurrió en toda África: Sierra Leona, Congo, Ruanda, todos ellos países que han sufrido sangrientos genocidios luego de ser expoliados por Europa.
Un imperialismo terrible que aún hoy se mantiene. Los diamantes o el coltan son ejemplos perfectos de cómo Occidente se enriquece esquilmando las posesiones de África. Robándolas. Saqueamos sus posesiones, neutralizando sus posibilidades de vida, y luego nos quejamos cuando unos hombres desesperados se lanzan a la mar porque no hay un solo trabajo del que puedan vivir, porque viven en un país que ni siquiera existe.
El verdadero crimen, sin embargo, lo cometemos diariamente todos los que permitimos que esta situación escalofriante se mantenga, los que compramos productos producidos con la sangre de cientos de hombres, los que seguimos votando a quienes se enriquecen permitiéndolo. Una causa más abierta en el larguísimo sumario por el que la historia juzgará a Europa, algún día.
imagen: Commons

Hace hoy un año publicaba
mi primer artículo para
Cosa Pública, que cuenta actualmente con 122 entradas, cerca de 8000 visitas, 29 seguidores y 457 comentarios. Sin duda estos últimos datos son los más importantes.
Creo que una bitácora no se mide por sus cifras, sino por la gente que la lee. Dicen que los blogs no suelen superar el año de duración, si es que alguna vez llegan a rebasar los tres o cuatro meses de existencia. De momento yo llevo doce y, si Dios lo quiere, os seguiré cansando la cabeza mucho tiempo.
Es vuestra lectura, vuestra opinión y vuestro tiempo lo que mantiene vivo este espacio. Cada vez que me dejáis un comentario, sea para aprobarme o contradecirme, enriquecéis mis escritos y me animáis a publicar otro artículo.
Me gustaría seguir compartiendo con vosotros esta pequeña tribuna; para agradeceros que la hayáis mantenido a flote os dedico este primer cumpleaños y os invito a una humilde tarta. Espero que os guste. No es muy espectacular, pero la he hecho con todo el cariño.
imagen: Cosa Pública

Han pasado seis meses desde la humillante expulsión de la
COPE sufrida por Jiménez Losantos y
esRadio, la nueva cadena con que ha intentado sobreponerse, lleva algo más de uno
emitiendo con normalidad. Todo este tiempo me parece suficiente para haber masticado un tema sobre el que se ha hablado ya muchísimo; no quise opinar en su momento a la espera de ver en qué terminaba todo el proceso.
Tengo que decir que estoy satisfecho con lo ocurrido. Para cualquiera que estudie con cierto detenimiento su figura, es fácil comprender lo que pasa con Federico Jiménez Losantos. Se trata de un hombre brillante, extremadamente culto, que no ha sido nunca valorado suficientemente por sus logros intelectuales y profesionales. Sabiéndose muy superior a la media en incontables talentos, se siente frustrado y ninguneado por un entorno académico y cultural que nunca le ha puesto en el lugar que merece.
Pero hay más: Federico es alguien que ha luchado activamente por la democracia en este país. Sufrió terribles dificultades combatiendo al fascismo y su militancia política le llevó al trance terrible de ser secuestrado y recibir un tiro por parte de los terroristas catalanes. Aquí radica otro punto de la gran frustración de este hombre, que ha padecido grandes penalidades en virtud de un servicio a España que no se ha visto nunca reconocido.
Jiménez Losantos es, en definitiva, un hombre enfadado con el mundo. Poco y mal agradecido por su inmensa capacidad profesional y académica, nunca recompensado por su trabajo en beneficio de la patria y, encima, feo. Todo este desengaño terrible se ha tornado en un manantial interminable de odio, resentimiento y mala leche en general hacia la sociedad que tantos sinsabores le ha reportado. Él es y será siempre un hombre de izquierdas, mentir no se le da bien y cualquiera que le escuche con las orejas bien abiertas comprobará que no se traga una palabra de lo que dice; lo raro es que no se descojone de la risa cada vez que habla al micrófono.
Sabe que lo que hace está mal pero no le importa porque el mal es lo que desea, como venganza contra un país al que considera responsable de sus fracasos en esta vida. Ha escogido precisamente el entorno al que combatió de joven, el ultraderechista, por diversos motivos. En primer lugar porque el blanco de sus odios es la izquierda que le traicionó, que le dejó solo después de haber combatido al franquismo y haber sufrido el terrorismo. En segundo lugar porque, como hombre inteligente y culto, sabe que la historia de España señala a la derecha católica como el mayor caldo de cultivo del odio y la ira.
Su gran problema ha sido el de no haber aprendido nunca a contenerse, y dejar fluir ese odio con absoluta libertad. Esto le llevó a tener tantos problemas con los tribunales que su presencia en la radio episcopal llegó a hacerse contraproducente. Finalmente fue expulsado y montó, junto a otros dinosaurios de la caverna, la nueva - por decir algo - esRadio, desde la que supuestamente esperaba recuperar el espacio perdido.
No sé si nunca llegó a confiar en esto, pero lo cierto es que, pese al optimismo de ciertos grupos afines, el aragonés no está teniendo ni una parte de la resonancia que obtenía en la COPE. Ha perdido totalmente su influencia: antiguamente causaba polémica cada vez que hablaba porque millones de personas le escuchaban, ahora no pasan de algunos millares y esto termina por notarse. Lo cierto es que ya estaba perdiendo repercusión antes de abandonar el altavoz eclesiástico; las audiencias bajaban espantadas por la radicalización de su discurso.
Así podemos considerar que Jiménez Losantos ha pasado por la historia de la radio haciendo ruido, pero nada más. Sus días de gloria se fueron, se quedará algún tiempo predicando entre conversos, al puñado de oyentes que haya podido arañar de la COPE, y luego desaparecerá sin más. Se convertirá en un negro episodio del periodismo de este país felizmente superado, pues lo cierto es que la difusión del odio que hacía era peligrosa y nociva, especialmente para la derecha. Contaminar la convivencia de todos los ciudadanos es algo a lo que nadie tiene derecho, por muy injusta que haya sido su existencia.
imagen: Público

Hay poco que pueda decirse de
la manifestación antiabortista que hoy ha tenido lugar en Madrid. Convocada por
HazteOír, el lobby
nacionalcatólico, junto a otras asociaciones, no hay mucha diferencia entre la cita de hoy y otras anteriormente celebradas. Se encubre una manifestación contra el Gobierno socialista haciéndola pasar por una reivindicación contra el aborto, pero lo que en verdad se solicita es la implantación de una administración autoritaria que, rememorando los mejores tiempos del aznarismo u otros más antiguos, devuelva a España a pasadas etapas de fundamentalismo religioso, machismo y homofobia legislativa.
Nada nuevo bajo el sol, pero a mí me parece una excusa interesante para abrir otro debate: el inherente a las televisiones públicas.
Libertad Digital,
COPE y otros panfletos ultraderechistas
han hecho la ola a la manifa de Madrid. Me parece genial, son entidades privadas y pueden hacer lo que les salga del innombrable con su dinero. El problema surge cuando la endeudada
Telemadrid, financiada por todos los contribuyentes de la Comunidad, despliega un operativo que ni el de la boda del Príncipe para informar sobre las andanzas de los niños pijos en la ciudad de los Austrias. En
un repulsivo vídeo, podemos ver cómo el ente público explicaba que la parada, a la que llaman sin empacho "el gran día", iba a ser "una fiesta"; incluso nos recordaba la reportera, eficientemente, el horario y el recorrido de la marcha, para que no se nos olvide ir. De aquí a
los dos minutos de odio hay un paso.
Empecemos por el principio. En primer lugar, es problemática a nivel económico. La televisión de la cienmileurista Aguirre acumulaba, hace un año, una deuda de 180 millones. ¿Parece mucho? Lo es, pero aún pesan más los 7.560 kilos que debe Televisión Española. Todo a cargo del Estado, es decir, del español medio. En segundo lugar podemos hablar de los motivos que inspiran la creación de una televisión pública. Se trata, en teoría, de ofrecer al ciudadano un servicio del que no puede prescindir, que consiste básicamente en hacerle llegar una información de calidad sobre la actualidad de su entorno y darle acceso a la cultura, entre otros elementos. En mi opinión, hay dos preguntas que podríamos hacernos: uno, ¿es esto necesario? y dos, ¿se cumplen estos criterios?
Cuando pregunto si es esto necesario, lo hago atendiendo al contexto en el que estamos. España es un país europeo, forma parte de la Unión y es la octava economía mundial. No hay que olvidar, además, que estamos en el siglo XXI. Esto quiere decir que se trata de un país económicamente desarrollado en el que la inciativa privada puede hacerse cargo de cubrir esos servicios; podría hacerlo si estuviera - como debería estar - sujeta a regulación por un código de criterios cívicos, éticos y democráticos.
En cuanto a la segunda cuestión que planteo, la respuesta - al menos por lo que veo - es que no. La televisión pública debe cumplir un papel de servicio público, en lo que respecta a la información, la instrucción y la cultura. Debe tener contenidos didácticos y enriquecedores para la población. Bueno, hace pocos días me deleitaba viendo cómo Canal Sur me invitaba a unos urinarios, donde se preguntaba a los varones, mientras meaban, qué opinaban sobre lo ecológico de mear en la ducha. Todo a la cuenta del contribuyente andaluz. TVE, por su parte, no sólo no emite un solo minuto dedicado a los niños, sino que dedica el 35% de su horario infantil a emitir telenovelas. Por no hablar de la crónica amarilla de programas como Gente o España Directo, que los españoles financiamos para que nos informen sobre los polvetes que echa Belén Esteban o los cuernos que tiene la Campanario, además de regalar a nuestros críos con varios cuadros sobre asesinatos, violaciones, batallas campales o descuartizamientos varios.
Un caldo de cultivo idóneo para colar, disimuladamente, algo mucho más peligroso. La creación de una máquina publicitaria estatal, un dispositivo de propaganda al más puro estilo Goebbels. El ejemplo perfecto, actualmente, es Telemadrid. Los episodios de sectarismo informativo son muchos. Hace meses, por ejemplo, se hacía campaña contra Zapatero por su reforma sobre la píldora postcoital. Hoy se ha hecho un llamamiento abierto y descarado a la movilización contra el Gobierno. Los entes públicos españoles van a ser siempre de una pésima calidad, pues se rigen por criterios comerciales y aquí no entra en juego la excelencia - la basura se vende mejor -. Pero cuando el PP forma parte de la ecuación, hablamos de verdadera violación de derechos fundamentales. No es raro tratándose de un partido que ha heredado y reciclado toda la maquinaria propagandística del anterior régimen. Todos pudimos ver durante años, diariamente, cómo Urdaci ensalzaba a Aznar hasta la figura de salvador de la patria; TVE ganó así el escandaloso título de primera cadena pública occidental condenada por manipulación. Telemadrid fue hace poco sancionada por motivos similares.
Por este motivo soy un firme partidario de la privatización televisiva. No debería haber un mecanismo tan poderoso en manos de los políticos, para ser utilizado en beneficio de sus intereses o encharcado de basura. Una cadena pública no tendría porqué convertirse en un altavoz del partido de turno, pero todos sabemos que la derecha católica de este país es experta en cambiar la legislación a su conveniencia. No deja de ser extraño que fuese precisamente Gallardón, miembro del PP, el único presidente regional que puso sobre la mesa este debate. Su iniciativa fue frenada por Aznar. Pese a tratarse de una formación que privatizaría con gusto hasta las papeleras, el Partido Popular no estaba dispuesto a soltar una de sus más eficaces herramientas publicitarias.
Está bien eso de vender los hospitales o hacerse estaciones privadas de AVE, pero nada de dejar escapar una pantalla para recitar nuestro catecismo en todos los hogares. La programación del ente madrileño este sábado, un ejemplo perfecto de a qué extremo de manipulación, corrupción y desvergüenza ha llegado el Gobierno de la Comunidad de Madrid. Algo que encaja perfectamente con el ambiente ya de por sí viciado que envuelve a la manifestación. Una manifestación a favor de la vida, respaldada, según sus manifestantes, por un millón y medio de personas. La policía, de quien me fío más, cifra la asistencia en 250.000. No hay nada más repugnante que utilizar la anulación de miles de embarazos falsamente para atacar a un partido político.
imagen: Educador de Menores

Para don Jose María Marco, columnista de
La Razón, el caso Gürtel es "
una broma". "El grado de corrupción que se conoce de él es el tolerable en cualquier democracia occidental", asegura el opinante sin empacho alguno. Lo que aquí ocurre es que todo es entendible según el color del encausado. A un político socialista se le defenestrará en cuanto le inviten a una caña en el bar de Manolo (ahí tenemos
las anchoas de Revilla) pero cuando se trata de la derecha católica, no pasa nada, porque todos sabemos que los cristianos bien nacidos tienen bula. El robo no es pecado, pero sólo está autorizado a los socios del club eclesiástico.
El señor Marco lo reconoce sin ningún problema: "la llamativa diferencia de trato que reciben el PP y otros partidos". Efectivamente, el PP recibe un trato especial: el de la impunidad. Al Gobierno de Felipe González la corrupción le costó las elecciones. Mariano Fernández Bermejo hubo de dimitir por un chanchullo cinegético. Los conservadores, no obstante, son intocables. Vicente Sanz, por ejemplo, no tuvo problema en reconocer que estaba en política "para forrarse". A nadie le pareció mal. Debemos admitirlo: no todos los españoles son iguales. De un lado estamos los miserables, enemigos de la patria, que deseamos perseguir a los creyentes, romper la familia, balcanizar la Península y, también, ser dirigidos por gobernantes limpios y honestos. Del otro están los verdaderos patriotas, que van a misa puntualmente además de robar, mentir e irse de putas.
Por supuesto que esto es entendible, y que el PP recibe una diferencia de trato. Porque la España mala, la que perdió la guerra, deberá siempre rendir cuentas y funcionar como cualquier país europeo y democrático. La España buena, la de Dios, hará lo que le de la gana; todo es suyo, en todos manda, a nadie debe explicaciones. Así los crímenes de la guerra son cosillas del pasado, no como el GAL. Así la prevaricación y el cohecho se convierten en una bella amistad. Así unos señores siguen gobernando este país como si fuera su cortijo privado, ganen o pierdan elecciones, mientras los demás somos insultados, humillados y repudiados por pedir lo que se nos debe: justicia y democracia.
imagen: Público

Mear en la ducha puede suponer
un ahorro de 4000 litros de agua anuales por persona. Parece una tontería, si bien puede ser interesante que cada cual piense en ello en privado y actúe en consecuencia como mejor decida. Lo que no tiene nombre ni definición posible es que
Canal Sur envíe a un reportero a un urinario para recabar opiniones.
Esa gilipollez de los reporteros ha alcanzado ya categoría de plaga. Podríamos llamarlo pandemia en el vocabulario imbécil que los medios inventan día a día. ¿Que suben los impuestos? Vamos a ver qué opinan los viandantes. ¿Que sube la gasolina? A ver qué dicen los conductores. ¿Que hay gripe A? Los maestros y madres. ¿Que hacen un estudio sobre los tatuajes? Al instituto, a ver qué nos cuentan los chiquillos. Ahora resulta que mear en la ducha es ecológico. ¿Dónde vamos? Al meódromo, evidente.
Eso del papanatas armado de alcachofa preguntando a jubilados, transeúntes y amas de casa qué opinan de que Zapatero haya dicho "follar" o que a Rajoy le preocupe el IVA de los chuches no es más que una forma fácil y rápida de estafar a la audiencia, pues donde los periodistas deberían pasar horas y horas de arduo trabajo consultando a expertos, leyendo informes, verificando fuentes y contrastando argumentos resulta infinitamente más sencillo y barato ver qué se cuentan los vecinos de Malasaña. Con la tontería del microfonito, las televisiones se ahorran cientos de millones y rellenan de forma descarada decenas de horas de contenidos, mientras la calidad de la información se degrada hasta alcanzar niveles de subsuelo.
El estercolero privado es aún más hediondo, pues libres del falso compromiso público de los entes estatales, las cadenas comerciales pueden enviar a sus cansaliebres profesionales a agobiar a Paquirrín, Belén Esteban o a la madre que los trajo. Pero se hace más flagrante en casos como el de Canal Sur, que ha pagado un sueldo a un tipo para que se ponga, literalmente, a preguntar a los hombres qué opinan de la ecología de mear en la ducha mientras abren el grifo en directo ante las cámaras. Todo ello a costa del contribuyente.
El reportaje fue adornado con imágenes de un chorro de pis diluyéndose en el desagüe de una bañera y remachado con el sonido de una cisterna mientras uno de los entrevistados se atacaba los pantalones. No deja de ser paradójico que los españoles hayan tenido que financiar semejante cumbre del mal gusto televisivo, que es al mismo tiempo una metáfora de lo que está ocurriendo a nuestra sociedad: la calidad de la información, la veracidad, la profesionalidad y la seriedad se están yendo por el sumidero igual que lo hacían aquellos orines en la ducha, mostrados en pantalla como documento de primera categoría.
imagen: Wikimedia Commons

Vaclav Klaus y su Gobierno
no quieren que los alemanes exigan la devolución de los bienes que Checoslovaquia confiscó a su país tras la Segunda Guerra Mundial, mantenidos por la actual República Checa en la cordillera de los Sudetes. Algo a lo que, según una fuente anónima, les da derecho el Tratado de Lisboa: "no podemos permitir que los jueces de Malta o de España que se sientan en el Tribunal de Justicia las Comunidades Europeas y que ignoran la historia de nuestra región, decidan si los alemanes tienen derecho a recuperar sus propiedades".
Lo más reseñable es: "(...) si los alemanes tienen derecho a recuperar sus propiedades". ¿Haciendo amigos? Es evidente que con esto están admitiendo lo que hay: material robado. No me gusta nada el cariz que está tomando la situación. Cuando hablan de los jueces "de Malta y España" están alimentando las viejas diferencias -qué sabran estos españoles-; al mismo tiempo que están poniendo trabas al Tratado con un solo objetivo: evitar que los tradicionales conflictos europeos se solucionen.
Una Unión Europea fuerte, consolidada y próspera debe estar formada por naciones cuyos Gobiernos tengan voluntad de colaborar, entenderse y admitir, en ocasiones, que a sus propias vindicaciones no las asiste la razón. Es preocupante comprobar cómo el Consejo y el Parlamento vienen, desde hace tantos años, legitimando actitudes revisionistas, revanchistas o políticas injustas. La Unión ha sido siempre indiferente ante casos como el de la Irlanda ocupada, Gibraltar o el arte robado a Grecia por alemanes y británicos.
La República Checa debe recibir un trato ejemplificante por parte de las autoridades comunitarias; no debe sentar precedente y demostrar a las generaciones futuras que el Gobierno de un país pequeño, esgrimiendo argumentos absurdos, puede paralizar el desarrollo de un proyecto que afecta a veintisiete naciones. Los checos deberían asumir que sus líderes están eligiendo entre un futuro de bienestar y democracia o de aislamiento y decadencia, ahora que irlandeses y polacos han dicho sí a la nueva Europa. Este pulso que mantienen no lo deben ganar; hay que cortar, de una vez por todas, el deseo de algunos de hacerse una Unión personalizada.
imagen: Público

El
mutualismo es uno de
los tres tipos de simbiosis existentes en la naturaleza, según el cual individuos de diferentes especies interactúan entre sí en una colaboración de la que ambos salen beneficiados. El ejemplo más universalmente conocido es, sin ninguna duda, el de las abejas, que obtienen su alimento de las flores a la vez que ayudan a éstas a reproducirse.
Esto es, para mí, la solidaridad. Un concepto, sin lugar a dudas, a menudo mal entendido; confundido, en la mayor parte de los casos, con el más antiguo y no menos importante de la caridad. Aunque ha pedido expresamente que nadie le mencione, lo cierto es que
Ángel Cabrera es
quien me ha invitado a explicar qué significa para mí la palabra "solidaridad". Una iniciativa que ha promovido junto a Senovilla, de
Pensamientos JFS, y a la que cien personas
hemos adherido nuestra bitácora.
Solidaridad es, según la Real Academia Española, un modo de derecho u obligación in sólidum. Es decir, algo que atañe por igual a un total de personas o entidades. En nada tiene que ver con la caridad. Pues, mientras la caridad es el beneficio al otro sin esperar nada a cambio, la solidaridad es el do ut des que decía Virgilio, da y recibe.
En absoluto, de ninguna manera, un da y recibe interesado y egoísta. Un da y recibe, en cambio, altruista, que pone por objetivo no al yo sino al beneficio común, algo tan olvidado hoy en día. Opuesto sería el concepto hoy mal entendido de solidaridad: unos lo interpretan como pura y dura piedad, mientras otros (los más) lo consideran una estrategia egocéntrica. Te doy para lavar mi conciencia, te doy para que me des.
Este es el caso, por ejemplo, en la España avariciosa de hoy. Qué se han pensado estos murcianos, pidiendo agua; estos catalanes, siempre exigiendo porque son los que más pagan; este mendigo, que quiere la limosna para gastarla en cerveza... Por eso es importante la iniciativa de Ángel Cabrera. Una iniciativa ideada, sin embargo, en clave de caridad. Porque él no espera obtener nada a cambio de este pequeño pero noble proyecto. Ha pedido expresamente que las dos bitácoras autoras del evento no sean mencionadas.
Sin embargo, la muestra de solidaridad bien entendida, honesta y limpia es evidente. Cien bitácoras escriben hoy sobre solidaridad, beneficiándose unas a otras de forma altruista; porque, de este modo, estamos contribuyendo a una red en la que, poco a poco, el concepto sea mejor entendido. Porque un mundo más solidario conseguirá que, mañana, ganemos todos. Yo, por mi parte, sólo puedo colaborar ofreciéndoos mi trabajo: el diseño. Lo tenéis presidiendo esta entrada. Espero que os guste.
imagen: cosecha propia
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javier . pozo . solera @ gmail . com